Decía Fiodor Dostoievski en su opera prima Pobres gentes a propósito de la literatura que se trata de “(…)un cuadro, es decir, un cuadro y un espejo, en cierto sentido(…)”.
Con esta afirmación a juicio del que suscribe estas palabras, el padre de la novela moderna lo que pretendía era resaltar la idea germinal del sentido literario: servir de imagen especular para proyectar las realidades que orbitan sobre los seres humanos y sobre la línea de su espacio y de su tiempo concretos.
Si nos atenemos a esta vara de medir, es obvio que, Salvados los dos, la última obra de nuestra queridísima Mila Ortega, cumple con creces este axioma.
Mi argumento está fundamentado en dos pilares esenciales sobre los que voy a apoyarme en mi brevísima intervención.
El primero de ellos tiene que ver con uno de los asuntos capitales que subyacen bajo la historia urdida por Ortega: el concepto de la Justicia que el ser humano concreto entiende para sí en un entorno de cohabitación con semejantes cuando el mismo le es hostil y contradictorio a sus propios intereses.
Hablamos claro está de una percepción subjetiva que hace que cualquier persona aparentemente socializada, pueda verse avocada a borrar de su conducta cívica los valores éticos y morales imperantes en el Ser y Estar en comunidad, cuando frente a sus ojos se aprecian síntomas de que se está violando este bien tan preciado.
En Salvarnos los dos se analiza dicho aspecto en cuanto a su génesis y su transcurrir psicológico a partir de un hecho ficticio (o quizás no tanto, como podemos sospechar aquellos que conocemos algo a la autora por su bagaje profesional), y que se nos presenta a través de la experiencia de su protagonista, Sacramento de la Encarnación (nada más y nada menos), aunque coloquialmente conocida entre sus allegados como Nani.
No voy a entrar en el análisis sinóptico de la novela, eso se lo voy a dejar a su autora si ella lo estima oportuno, pero en esencia la historia versa sobre un acto de venganza con trágico desenlace y surgido de la sensación humana de ira frente a la impunidad.
Dada la cercanía temática, ha sido inevitable traer a escena la figura del genial novelista ruso antes referenciado (no es casualidad que hayamos arrancado con él), puesto que una de sus obras imperecederas, Crimen y Castigo, también ahonda en el mismo asunto.
Está claro que Raskolnikov (personaje principal en la obra de Dostoievski) no es Nani, en nada se parecen (son individuos distintas de épocas distintas) aunque los dos llegan a la misma conclusión fatal: la de la posibilidad de franquear la ley como acto lícito ante la percepción de una injusticia que se les está presentando. Tal conclusión es la clave y el argumento sobre el que se apoyan para urdir un plan maquiavélico de castigo, que a todas luces saben delictivo aunque justificado cuando el objeto de su odio es alguien que también ha actuado de una manera ilícita.
Solamente hay una diferencia: que en el caso del joven estudiante sanpeterbugués, la moral que fluye alrededor suyo vuelve a arraigar en sus adentros hasta el punto de lanzarlo a confesar los hechos una vez vencido en su lucha interior, y que en el caso de Nani no se atisba en ningún momento.
Ante tal tesitura, cabe preguntarse una cuestión interesante ¿Es la maldad un atributo natural en el ser humano como también puede ser la bondad y no una cuestión patológica? Quizás que la respuesta la tengamos en la reflexión que hace la propia Ortega en uno de los pasajes de su novela:
(…) El ser humano nos sorprende con lo mejor y con lo peor, con lo grandioso o no tanto, o con lo más inesperado. Las razones suelen estar ocultas, en lo profundo del inconsciente, en las emociones que se vuelven compulsivas, en las virtudes que pasan a ser pasiones, en rincones oscuros o no tan oscuros como desconocidos del pensamiento y del sentir humanos. Muy humanos.(…)
Esclarecedor, sin duda.
Entonces, si damos por bueno dicho razonamiento ¿sería, por lo tanto, Raskolnikov una persona sino buena, al menos conscientede su error y del cual se arrepiente? por otro lado, ¿estaríamos en disposición de afirmar la maldad en Nani por ser una persona insensible frente a las bridas éticas que actúan como parapetos en el ordenamiento cívico de la comunidad?
Precisamente es en esta última cuestión subsidiaria (la de la comunidad) sobre el que sostengo el segundo paradigma que me invita a pensar en que la obra de Ortega es una novela en el sentido Dostoievskiano del término.
Al igual que en Crimen y Castigo, en la historia que nos ocupa, se radiografía la forma y el sentir de una época reflejadas en un espejo que es a su vez un lienzo del cuadro de una vida. Y esto lo vemos expuesto en detalles como en el contexto urbanita de la trama, que no es San Petersburgo, claro, sino el Badajoz de hoy por hoy según Ortega, tan cercano para los lectores-habitantes de la ciudad de los cuatro puentes (así de poético aparece referenciado en el libro) que con la imaginación, es posible transitar por el fantasioso barrio de San Mateo pensando en un San Roque tan palpable que nos envuelve del todo.
Pero no solamente es lo estético lo que nos acerca a dicha representación de la realidad cercana: también en el análisis de la costumbre y de la ley, sobre todo de la ley: de hecho, la novela es todo un manual que permite al lector entender un poco más del llamado Estado de Derecho, un mecanismo de ordenamiento social tan próximo a la autora por motivos obvios.
Todo este caldo de cultivo y muchos otros aderezos se puede degustar en a penas 220 páginas, que es el tamaño de Salvarnos los dos y cuya lectura recomiendo.
Nota de la Imagen: acto de presentación de la novela acompañando a la autora dentro del seno de 45º edición de la feria del libro de Badajoz (11 de mayo de 2026)
