Llega a mis manos este pequeño librito titulado Una pena en observación, obra del insigne escritor irlandés C.S Lewis en su traducción en castellano de Carmen Martín Gaite (Editorial Anagrama 1994).
La primera impresión que tengo tras su lectura es que se trata de un texto repleto de belleza pero también de espanto (robémosle nuevamente al maestro alguno de sus versos eternos) donde el prolijo autor da forma en palabras (con la dificultad que eso entraña) al sentimiento de duelo, esa larga, dolorosa pero obligatoria travesía que todas las personas debemos transitar en algún momento de nuestras vidas.
Tan es así que uno de mis pensamientos colaterales que han surgido tras el golpeteo hiriente de cada una de las página de tal brevísimo manifiesto, es su utilidad pedagógica de cara a explicar el proceso psicológico de adaptación que se deriva tras la pérdida ya que es difícil encontrar un testimonio tan poderosamente hermoso a la par que esclarecedor: y tal cuestión la sostengo desde la doble perspectiva que me da el haberlo padecido en primera persona (como todo ser viviente, realmente), además de la consideración de la temática desde la perspectiva más académica.
Y es en eso donde yo pongo el acento, en la capacidad de Lewis de darle sentido semántico a un hecho que supone una paralizante ebriedad a la que tilda como pena cuando la tragedia nos toca de cerca. Tal sensación la asocia el autor con una estado continuo de incertidumbre y de compás de espera que sumerge al que lo padece dentro un abismo de hastío suficiente como para derrumbar cualquier creencia previa por muy sólida que parezca, y que tras confrontarse con semejante realidad inefable hace caer los principios y valores morales de cualquiera como si fueran castillos de naipes.
Entre estas ideas absolutas está principalmente la del mayor asidero existencial al que nos agarramos frente al hecho definitivo de la muerte: la fe y la existencia de Dios. Realmente, podemos entender buena parte de las disertaciones que dan forma a Una pena en observación precisamente a la confrontación racional que el autor intenta establecer frente a la creencia que liga el más acá y el más allá según los preceptos cristianos, en esa intención de la religión de aliviarnos frente a la angustiosa sensación de la separación definitiva. No puede haber un Dios benévolo cuando nos hace pasar por este trance. Es más, es posible que ni exista porque si existiera su naturaleza no sería precisamente buena: estas son las ideas que asolan y alteran el estado germinal del sentido espiritual del autor-doliente, y que va evolucionando según avanzan las páginas tal y como lo hace el proceso psicológico general de su duelo desde una posición de rechazo y de ira hasta el definitivo de aceptación.
Además de la cuestión religiosa, en ese camino de penurias que se nos va dibujando, el narrador también nos expone cuales son los sentimientos de vacío que asolan su corazón, y que le impiden mantener la presencia de la amada junto a él hasta el punto de haber olvidado su imagen física (ni los retratos que conserva, todos de mala calidad según atestigua, consiguen evocarla). Tan sólo es el resonar del recuerdo de su voz la que la mantiene firme junto a él y eso le aterra, ya que el recuerdo puede llegar a ser una construcción artificiosa de lo que verdadera fue lo real.
¿Será posible franquear este gran escollo que supone el recuerdo? La respuesta la encontramos en las páginas finales del texto, y en la manera en la que se le ha revelado al autor la necesidad de asumir la cartografía total de la personalidad del ser querido que ya no está, tomando de él tanto lo positivo y grandilocuente como lo más negativo y menos afortunado. Es sólo así-según nos dice Lewis- como se puede abrazar al otro ausente con una sonrisa en los labios, haciendo eterno el compromiso que les unió en vida y que les trasciende. Así es como se puede alcanzar la paz en el corazón.
Este misma idea la aplica en su relación con Dios, lo cual le permite reconciliarse con él a pesar de todos los reproches que pueda haberle hecho.
La última gran cuestión que centro el contenido de Una pena en observación es obviamente la figura de ella, la poeta norteamericana Helen Joy Gresham y con la que vivió ya en la madurez una relación corta pero muy intensa donde la experiencia poética y la prosaica se confundían al estilo de tantas otras relaciones mantenidas por artistas.
Cuando uno lee las cosas que Lewis aseveraba sobre su mujer, lo que concluye es que Gresham debió aprehender una personalidad desbordante, arrebatadora, hasta el punto de ser como un cielo que lo abarcaba todo. Ante una definición de tal magnitud no hacen falta más palabras. Está todo condensado en una simple frase. Maravilloso.
