Por increíble que parezca, mi acercamiento a la obra del gran Stefan Zweig es relativamente reciente.
Y es curioso porque la afinidad que siento por los escritores del absoluto como es el caso del autor que nos compete, ha hecho que me acabara encontrando tempranamente con autores tan sesudos como Kafka, Borges o Dostoievski.
Pero está claro que las causalidades existen, y en mi caso, el encuentro con Zweig tenía que acabar ocurriendo tal y como sucedió hace un par de años cuando llegó a mis oídos la existencia de una obra suya titulada El mundo de ayer, un ensayo autobiográfico en el que a través de la experiencia personal se nos abre una ventana maravillosa desde donde poder asomarnos al panorama cultural europeo de la primera mitad del siglo XX. Esa era inicialmente la expectativa que yo tenía, sin embargo, detrás de Zweig encontré muchas más cosas.
Novela de Ajedrez no tiene nada que vercon tal compendio de anécdotas y revelaciones; de hecho y por buscar algún punto de unión, habría que citar si acaso el contexto histórico donde se desarrolla la trama y algún poso vivencial que pudiera haber incentivado la inspiración de la novelle, puesto que de este género estamos hablando cuando nos referidos a la obra que nos concierne.
Ya con la etiqueta que hemos usado podemos anotar consideraciones estructurales de su continente, como es la extensión del relato al ser corto en su tamaño, pero no por eso hay que decir que sea breve dado el poso que va dejando el texto según se va avanzando en su lectura aparentemente lineal. Dicho fenómeno, el de la inmensidad sin fin, solamente se da cuando el trabajo está escrito con esmero y maestría, algo así como ocurre con un artículo de orfebrería si el virtuoso joyero ha pasado horas y horas tallando la misma piedra una y otra vez, engalanando la gema más minúscula para el disfrute de la persona que tenga la suerte de recibirla.
Algo así se destila de la pluma de Zweig, su vastedad no está en la amplitud sino en la forma de decir, tan cuidada, precisa, engalanada pero a la vez tan simple y directa que hace que sus textos sean entendibles por cualquiera que se deje seducir a pesar de una impronta intelectual superior que se atisba en todas sus locuciones. Precisamente es en ellas en las que se transgrede el principio al que antes hemos aludido, puesto que las frases largas y a veces sesudas que Zweig maneja con maestría, solamente acaban cuando lo hacen sus laberínticos párrafos, haciendo de su literatura una especie de contradicción espaciotemporal que gira en este caso en torno al concepto general de la novela, corta pero a la vez extensa, abierta hasta el infinito cuando implosionan en el celebro del lector todas sus sentencias.
Es ahí donde yo apunto su grandeza, o al menos lo que más me seduce de su escritura, la capacidad de extender en el espacio-tiempo lo que no parece ser a priori amplio ni duradero, y que hace de Zweig una especie de escritor extemporáneo si lo comparamos con los cánones actuales de lo de si breve, dos veces bueno. Y es tal axioma lo que demuestra a mi juicio la enmienda a la totalidad que la obra del genial autor vienés hace a los críticos más puristas defensores de la brevedad escatológica en aquello de decir, así como el espaldarazo definitivo a la percepción del arte en cuanto a tal, que no entiende tanto de formas sino de espíritu evocador de sensaciones (que es lo que realmente importa).
Curiosamente es el tiempo sin medida o Kairós lo que verdaderamente subyace como idea germinal en la Novela de Ajedrez. Y no parece baladí que sea el juego de las blancas y de las negras la excusa que haya elegido Zweig para hablar de tan profundo asunto, puesto que en un tablero de ajedrez se confronta como en ningún otro sitio ese tiempo al margen del tiempo del que hablamos y su opuesto conceptual que sí mide y va sumando todo lo que sucede (Cronos).
En Novela de Ajedrez se plantea dos historias paralelas como si fueran ambas las piezas dispuestas en el propio tablero; por un lado la de un campeón de dicho arte llamado Mirko Czentovicz y cuya vida condenada al sufrimiento cambió cuando conoció sus dotes para el ajedrez. Por el otro la del señor B, probablemente un alter ego del propio Zweig dados los detalles biográficos que se plantean (exiliado tras la ocupación nazi en Austria), y que precisamente estaba recorriendo el camino inverso en cuanto a su suerte en esto del oficio de vivir.
No obstante, es el Ajedrez en ambos casos el asidero que les ha permitido subsistir ante las más terribles de las adversidades dada esa capacidad que tiene el juego de abstraerles de una realidad prosaica devastadora y sostenida por el implacable cronos, que con su fuerza titánica va marcando las pautas de la vida.
Pero cuando todo parece perdido y el final trágico comienza a conformarse en el horizonte, es cuando más refulge el Kairós, o la virtud surgida ante lo terrible y que lleva al mortal a adentrarse en el momento concreto de lo que sucede, que no se mide sino que está ahí esperándole por toda una eternidad, como la jugada maestra que ha de resolverse y que nos incita a seguir pensando en ella como si estuviéramos en un eterno retorno de lo de siempre.
Y ese Kairós se puede encontrar en cualquier cosa que se nos presente cuando el amor a la vida supera a todo lo demás., tal y como describe Zweig en la novela de Ajedrez en uno de sus más bellos pasajes:
(…)Siempre he estado dispuesto a admitir en principio que un juego tan genial y peculiar ha de producir sus héroes específicos, pero ¡qué difícil, por no decir imposible, resulta imaginarse la vida de un hombre de inteligencia despierta para quien el mundo se reduce a la estrecha senda entre lo blanco y el negro; un hombre que no exige de la vida otros laureles que el mero ir y venir, avanzar y retroceder de treinta y dos figuritas; un hombre que considera ya una proeza haber descubierto una nueva apertura moviendo el caballo en vez del peón o que se cree haberse reservado el mísero rincón de la inmortalidad en los perdidos renglones de un libro de ajedrez; un hombre, un ser inteligente, que sin volverse loco dedica un día tras otro, durante diez, veinte, treinta, cuarenta años, la totalidad de su energía mental a la ridícula empresa de acorralar sobre un tablero de madera a un rey también de madera!(…)
Ese hombre-podríamos agregar nosotros- es todo un superviviente, un titán que sin saber cómo, es capaz de adentrarse en lo más banal del mundo, y hacer en su nimia concreción, el universo que se precisa para no dejarse vencer por todas aquellas fuerzas aniquiladoras que nos rodean y que nos conforman, y a las que Schopenhauer se refirió como la terrible Voluntad.
